lunes

DIEGO JESÚS JIMÉNEZ (In memoriam)

DIEGO JESÚS JIMÉNEZ,
falleció el 13 de septiembre de 2009



En recuerdo de un gran poeta, con el que tuve el honor de compartir,
embelesado en sus cultas y animadas charlas,
cañas y tapas,en la Plaza de Priego (Cuenca)

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Los institutos Cervantes de Mánchester y Leeds celebraron el día del libro con un homenaje al poeta Diego Jesús Jiménez, recientemente fallecido. Una conferencia de Juan José Lanz, profesor de Literatura Española de la Universidad del País Vasco, centró un acto en el que los participante leyeron poemas en castellano y en inglés, traducidos por los propios estudiantes del Instituto Cervantes, y que se han recogido en un ‘plaquette’ conmemorativa, entregada junto con una rosa a más de un centenar de asistentes. Como en años anteriores, el intercambio de libros y la entrega de los premios del concurso de relato en castellano y en catalán a los estudiantes de la Universidad de Leeds fueron otras de las actividades conmemorativas del día del libro y de Sant Jordi en los Cervantes del norte de Inglaterra.
EL ACTO

El acto se inició con una semblanza de Diego jesús Jiménez- (1942-2009) a cargo de la directora del instituto Cervantes de Mánchester, Yolanda Soler Onís, que a continuación leyó una elegía dedicada al poeta por su Manuel Rico, escritor y amigo íntimo de Diego Jesús Jiménez. La conferencia de Juan José Lanz, supuso un exhaustivo análisis de la obra del poeta, con una lectura comentada de los poemas más representativos de un auto rcon una de las trayectorias más singulares y significativas de la segunta mitad del S.XX en la poesía españolaSe trata de un autor para el que la poesía comprometida es aquella que " a través del tiempo deja constancia de su época" y en la que la intimidad se construye en una relación dialéctica con la Historia.Las imágenes proyectadas, de distintos momentos de la vida del poeta - fotografiado con su mujer Társila Peñarrubia, y otros amigos escritores- intercaladas con otras de los espacios de Priego de Cuenca -tierra siempre presente en su obra,- ilustraron un emotivo acto conmemorativo del Día del Libro en los Institutos cervantes de Mánchester y Leeds.


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Poeta galardonado en numerosas ocasiones a lo largo de su vida, Diego Jesús Jiménez nació en Madrid el 24 de diciembre de 1942, aunque pasó su infancia en Priego (Cuenca). Diplomado en Periodismo por la Escuela de la Iglesia se especializó desde un primer momento en temas culturales.

Publicó su primer libro de poesía "Grito con carne y lluvia" en 1961 y con él obtuvo el Premio del Club Internacional de Poesía de Jerez de la Frontera (Cádiz). Al año siguiente publicó "La valija" y en 1973 quedó finalista del premio "Eduardo Alonso" con su obra "Ambito de entonces".

En 1964 fue galardonado con el Premio Adonais por su obra "La ciudad" y en 1968 obtuvo el Premio Nacional de Literatura con "Coro de ánimas".

En 1976 su obra "Fiesta en la oscuridad" fue galardonada con el premio Bienal de Zamora. Con anterioridad había obtenido el Fray Luis de León de poesía y en 1979 ganó el Premio Internacional El Olivo de Jaén por su libro "Sangre en el bajorrelieve".

Después de varios años de silencio poético, en abril de 1990, su poemario "Bajorrelieve" fue la obra ganadora de la décima edición del premio hispanoamericano de poesía "Juan Ramón Jiménez". Esta obra fue definida por su autor como una "meditación sobre el hombre, la vida y el mundo".

Además de su trayectoria poética, ha desarrollado paralelamente la labor de ensayista. De entre sus ensayos cabe destacar: "Ocho poetas del campo de Castilla" (1968); "Martínez Novillo" (1972) y "José Sancha" (1975).

Diego Jesús Jiménez ha destacado también como pintor. Según sus palabras "la pintura es el lenguaje que prefiero", "me siento más pintor que poeta". Precisamente porque siempre quiso ser pintor, en junio de 1991 realizó su primera exposición pública en la galería Kreisler de Madrid.

En junio de 1995 el poeta fue galardonado con el Premio del XXX Certamen Nacional de Poesía de Villafranca del Bierzo por su poemario "Interminable imagen".

A este trabajo siguió "Itinerario para náufragos", galardonado en 1996 con el Premio Internacional de Poesía Jaime Gil de Biedma, en su VI edición y en abril de 1997 con el Premio Nacional de la Crítica. En este último, el jurado valoró el rigor y el cuidado del poeta al escribir.

Posteriormente, en octubre de 1997 y por el mismo poemario, fue galardonado con el Premio Nacional de Poesía.

Así dió la noticia TELECINCO



Río Escabas


A Mari y Antonio Merchante


Roza la palidez vencida de los sauces sus aguas;
baja lleno de sombras
que mi alma conoce. Yo lo recuerdo ahora, lento,
por las umbrías; en el atardecer: cuando deja
el olor inundado de las sábanas húmedas por entre los olivos.

Tiene la vieja luz de los nogales,
el resplandor descalzo de los suelos sagrados
donde oscuros aromas de maderas mojadas
habitan su penumbra. Entre el olor amargo
de los mimbres aún verdes y la lluvia, teje la claridad áspera
de la higuera su perfume dormido.

Lo ha estado haciendo el tiempo. En lo más hondo
de mi vida lo veo, deja
sobre mi soledad el sabor agridulce
de los viejos metales, un profundo silencio
de vegetal cortado. ¡Qué noches encendidas de música
han desvelado a mi alma! ¡Qué paraíso de sonidos la incendian!

En sus riberas silba
la luz fría del alba en la serpiente, y habitan sus palacios venenosos las víboras.
Lo recuerdo en los huertos
de la hoz, levantando
sus gozosos altares; o en sus púlpitos verdes
donde los lirios, solos, sobre los zopeteros, se incendian en las aguas
rodeados de espadas vegetales y sombras.
En él arden la zarza y el espino, mañanas con las flores
que de niños pisábamos. Nos dejaban sus aguas
el húmedo silencio de las alfarerías
y las fuentes; lo subían al pueblo nuestros ojos mojados. ¡Oh,
río que al recordarlo se detiene
en aquella mañana cuando, junio, radiante, desnudaba
los cuerpos más hermosos y, a escondidas, olíamos sus ropas
pues en ellas quedaban, todavía, los cuerpos,
tibiamente encendidos por secretos aromas!
Anduve toda la tarde solo, como ahora estas calles
donde el tiempo se adhiere a sus cenizas lívidas.
Quiero ir a su lado; habitar su silencio de nave abandonada.
Hasta mi alma sola, llega su olor a invierno en los membrillos.
Llévate tú mi noche entre las aguas;
la solitaria noche por la que oigo mis pasos
que no saben hallarte, ¡oh río donde el cielo se hunde,
reflejado y altísimo,
como un oscuro pájaro al que llaman las sombras!




De "Itinerario para naúfragos" 1997




El silencio



¿Dónde podré esconderme
si no es ahí, en estas
palabras de amor?
Ante vosotras,
hijas del turbio hospicio
de mi alma -mis dóciles
doncellas-, llora mi desconsuelo.
Yo les escribo
a las pequeñas manchas de tinta
de tus manos, como si fuesen
cartas que debo
contestar en la noche. Toco el falso
disfraz, el picaporte
de tu oscuro colegio; en él
suena mi vida, discurre
como un río mi vida.
Llega ya el príncipe
de tus libros azules, sobrevuelan las hadas
que te ocultan y encienden. En tu cuello alargado
se oscurecen mis sueños, tus caderas sin nadie
me preguntan; ya llegan
como calientes besos, como nubes lejanas
tus rodillas; me bendice tu sombra
clandestina. ¿Dónde
están tus ojos,
que a todo respondían?
Entonces
eran tus pechos nidos, eran pequeños pájaros
sin vuelo; eran llanuras, pueblos
deshabitados, llaves
de pequeñas iglesias, de alacenas
vacías.
Hoy,
que el deseo se cumple, este
negro silencio de la noche nieva
en el alma, nieva
sobre la oscuridad;
como la lumbre
de los romeros o de las aliagas, yo oigo
tus calladas respuestas.



De "Coro de ánimas" 1968



LUIS ALBERTO DE CUENCA



Se acabó el tiempo del poeta Diego Jesús Jiménez, o al menos este tiempo de aquí, trufado de miserias, de dolor y de miedo. No tengo duda alguna de que ahora se encuentra en un lugar menos siniestro que éste, más ventilado y luminoso, y nos contempla desde allí con aire compasivo y displicente, lamentando que sus amigos todavía surquemos, a duras penas, este océano de lágrimas que solemos —o suelen— llamar vida.
Este 24 de diciembre, cuando Diego hubiese cumplido sus primeros sesenta y siete años, ya no podré felicitarlo por teléfono, ni imaginar el Nacimiento que habría montado en Priego de Cuenca (porque Diego era un belenista consumado y ponía unos Nacimientos fantásticos en su casa de Priego), ni comentar con él nuestras mutuas y más recientes adquisiciones bibliofílicas. De la ausencia surge la desazón, y de la desazón el desconsuelo. A pesar de que —insisto— Diego se encuentra ahora en el locus amoenus que aguarda a todo aquel que siembra el bien a lo largo de su existencia.
Cómo no iba a sembrarlo. Cuando los adultos le preguntaban a Diego qué quería ser de mayor, él les contestaba, simplemente, que no quería ser mayor. Como el Peter Pan de Barrie, Diego Jesús Jiménez fue siempre un niño que prescindió por completo de la posibilidad de crecer. Se quedó a vivir en la plaza soleada de la infancia, rodeado de juguetes y de tebeos, confortado por la suave sonrisa de la madre y por el temple afectuoso del padre, que luego se murieron para que la mujer de Diego, la maravillosa Társila Peñarrubia, adoptase las funciones protectoras de ambos y siguiera dando cuerda al reloj de la infancia de su marido.
Conocí a Diego Jesús Jiménez allá por 1970. Formaba parte de un jurado que me concedió un premio de poesía. Lo empecé a tratar muchísimo cuando fue trasladado a Editora Nacional, que dependía del Ministerio de Información y Turismo, a cuyo staff pertenecía. En Editora creó una colección de poesía, llamada “Alfar”, en la que publiqué dos libros. Por aquel entonces, Diego Jesús había obtenido ya el Premio Nacional de Literatura (con Coro de ánimas), que no sería el único, pues casi treinta años después obtendría su segundo Premio Nacional con Itinerario para náufragos. Antes había obtenido el Adonais con La ciudad. Por las fechas en que me publicó las mencionadas traducciones, vio la luz su Fiesta en la oscuridad, otro título memorable.
Pero nuestra amistad no se limitó nunca a la mera relación entre poetas afines, sino a otra complicidad mucho más honda, la entablada entre ambos a propósito de los cómics. Diego y yo íbamos juntos los domingos al Rastro, en busca del tebeo perdido. Gracias a él pude completar mi colección de El Guerrero del Antifaz, de la que me faltaba un solo cuaderno. Fue él quien me puso en contacto con toda la frenética y delirante tribu de tebeoadictos que pueblan la Plaza del Campillo del Mundo Nuevo y lugares aledaños en los días festivos, tribu en la que fui admitido de inmediato por obra y gracia de su intercesión.
Sigue intercediendo, querido Diego, ahora, desde tu nuevo hogar en las estrellas, por quienes te quisimos en vida. Mientras volvemos a encontrarnos al otro lado del espejo, con tu nuera y contigo y con todos nuestros familiares y amigos fallecidos, míranos con benevolencia y alivia nuestro desamparo.



"LUGAR DE LA PALABRA"


(JUAN JOSÉ LANZ)



Ahora que se nos ha ido, empezaremos a darnos cuenta del inmenso hueco que nos ha dejado Diego Jesús Jiménez.

Para mí, Diego era casi más grande amigo que poeta, y ya es decir, porque (y a los premios que recibió en vida me remito) su calidad poética es indiscutible: Diego Jesús Jiménez es, sin duda, uno de los más grandes poetas españoles de los últimos cuarenta años y uno de los que mejor han sabido desentrañar la trabazón ideológica de nuestra sociedad contemporánea desde una estética que no renuncia nunca a la más alta calidad, pero tampoco a la denuncia de la hipocresía, al desvelamiento de los verdaderos motores de nuestro mundo; es más, en su obra (no sólo poética, sino pictórica y crítica), ambos elementos van de la mano, la estética es el modo de denuncia y de transformación utópica de una realidad que sólo cobra sentido cuando es soñada, que sólo se realiza cuando el ojo se desplaza más allá del límite impuesto por la línea (“La mirada / sólo es capaz de contemplar el mundo / cuando abandona el cauce que la línea le ofrece”). Hay una metáfora, casi un símbolo de su obra, que se repite en la poesía de Diego: el color que se transfiere al cuadro, como en la pintura del Greco, en la de Zurbarán o en las cuevas de Altamira, procede de la impregnación de la materia natural en el lienzo o en la pared, que así se transustancia en sueño, en arte, y que revierte en la realidad de la que nace para transformarla. Así, su poesía; así, su obra toda. No hay una línea que separe la realidad del arte: ésta es soñada (de ahí la dimensión utópica de su obra y su conciencia dialéctica de la Historia) en la obra que se transforma y la transforma, para avanzar en un misterio que se expande, cuyo desvelamiento siempre está más allá. Ésa es la gran lección que aprendió del Barroco, del Manierismo: el ojo que se acostumbra a la línea, miente.

Pero es al amigo y no al poeta al que quiero recordar, porque de éste me quedarán sus versos para siempre. Tampoco había una línea que separara al Diego Jesús Jiménez poeta, del amigo. Diego era, como su poesía, transparente, entregado, cálido e invencible luchador contra la injusticia y la hipocresía. Quien entraba en su casa como quien entraba en su poesía, sabía que era para quedarse: Diego se lo daba todo, se lo entregaba todo, sin ambages, sin reservas. Se podía discutir con él, se podía estar en contra de algunos de sus juicios, de sus opiniones, etc. pero no se podía estar en contra de su sinceridad y de su entrega. Su poesía y su pintura nos lo muestran tal cual era: constante buscador, soñador utópico y evocador casi proustiano de una nostalgia infantil, crítico y desvelador de la hipocresía del mundo, hombre y artista de una sola pieza. En Diego no había poses, como tampoco las hay en su obra; no había máscaras, porque era auténtico, como su escritura.

Me gusta evocar cómo conocí a Diego hace casi veinte años, porque creo que muestra muy bien cómo era. Por entonces, yo era un joven doctorando que preparaba mi tesis sobre la poesía de los años sesenta-setenta y simultaneaba mi investigación con alguna labor crítica aquí y allá. Había descubierto los poemas de Diego Jesús revisando las páginas de la revista leonesa Claraboya, publicada en los años sesenta, y me había quedado sorprendido de que un poeta tan deslumbrante, que había conseguido con menos de treinta años el premio Adonais y el Nacional de Literatura con sus dos primeros libros, La ciudad y Coro de ánimas, hubiera desaparecido prácticamente del mundo poético. En el tráfago de la Transición, había quedado casi oculto su inmenso Fiesta en la oscuridad. Fue una tarde de entonces, cuando volviendo de la Biblioteca Nacional encontré en una librería cerca de la calle Mayor Bajorrelieve, que había obtenido el Premio Juan Ramón Jiménez y acababa de publicarse. Compré y leí de inmediato el libro: Diego Jesús Jiménez no sólo no estaba desaparecido (o muerto, había llegado a pensar en algún momento), sino que era capaz de escribir un libro como aquel. Reseñé el libro en El Urogallo, donde colaboraba por entonces. Al cabo de unas semanas, José Antonio Gabriel y Galán, el director de la revista, me entregó una carta a mi nombre que había llegado hacía unos días a la redacción de la revista: era precisamente del autor de Bajorrelieve. Diego me decía allí que le había gustado mi comentario y me contaba otras cosas sobre sus largos silencios, su lenta escritura, sus depresiones, etc. Creo que le contesté o le llamé por teléfono. Sé que nos vimos y hablamos en Madrid, y luego en Cuenca, y más tarde en Priego y mucho después de nuevo en Madrid, en su casa, en los Vips que frecuentábamos, en la cuesta de Moyano, en Santander, y en Priego y otra vez en Priego y siempre en Priego, verano tras verano, hablando, confesándonos, contándonos cosas que sólo él y yo sabemos, y en tantos sitios…

Recuerdo luego la aparición de Itinerario para náufragos y el Premio de la Crítica y el Nacional de Literatura y la celebración de amigos en su casa de Madrid, con una Társila siempre a su lado, siempre también a nuestro lado. Társila y Társila María, Diego y José Manuel, sus hijos, que casi son de mi quinta, fueron junto con Diego mi segunda familia en Madrid. Creo que eso lo dice todo. Pero también fueron una segunda familia para ese grupo de amigos, bien diversos, que Diego y Társila consiguieron hacer, logrando que las relaciones entre todos nosotros fueran de verdadera fraternidad. No es extraño, pues, que hoy nos sintamos todos huérfanos al haber perdido a ese amigo infinito que fue, es y seguirá siendo Diego Jesús Jiménez.




CON DIEGO JESÚS JIMÉNEZ:
FRAGMENTO DE POEMA Y EVOCACIÓN
MANUEL RICO


Recogido en elblog "Al margen" de Manuel Rico.
14 de septiembre 2009



El martes, 14 de septiembre de 2009, tus restos, querido Diego, amigo, hermano con quien tanto quería, con quien tanto aprendí, con quien tanto soñamos (Esperanza y yo, y nuestros hijos), y reímos, y luchamos, y lloramos, quedaron bajo tierra en una tumba del cementerio de Priego de Cuenca. Desde allí se ven los riscos donde comienza la hoz del río Escabas, y se ven los mimbrales y los pinos que cubren las montañas de la serranía, y se huele el barro de las alfarerías, y el seco aroma del tomillo y la jara, y el cielo es un toldo próximo en el que mirarse. Allí, en tu Priego mágico y cotidiano, cerca de las gentes a las que cantaste y amaste, han quedado tus restos.
Era día de fiesta y tu fiesta fue inaugurar tu Centro Cultural (de todos) con poesía y con amigos. Pero también había otra fiesta, también tuya, a la que inmortalizaste, con un caleidoscopio de emociones, con un lenguaje afilado, mágico (esa magia castellana de la brujería y de los hondos chiscones de los pueblos más remotos), en un poema del libro con que obtuviste tu primer Premio Nacional, Coro de ánimas. Como sé, amigo Diego, que es un poema poco conocido, recojo un fragmento para gozo de los lectores y para que quienes te leyeron poco o no te leyeron te descubran de un puta vez.

De "FIESTAS EN PRIEGO"

Ahí, donde termina
la alta Alcarria, empieza el pino, hacen cuesta
las viñas, nacen sin esperanza
los centenos; ahí,
donde se oye sobre la piel el canto
de los grajos, está mi pueblo.
Lugar donde la noche se hace
desfiladero, sombra,
cañada...
Rondan las herramientas
mi corazón. Duermen las hoces
por mi sangre.
Si al hombre
que soñó con el fruto
se le seca la flor, ¿vamos a estar alegres?
Tú,
que intentas hoy lucirte
con el pregón del año. Tú, que cuando empiece hoy
la música, en esta plaza
vas a buscar novia. Ahí, entre las sombras
del corral, está tu casa. Mucho
le ha crecido la hierba en estos
años de paz. Ves la ventana
de la cocina, las alacenas, los armarios... Buscas
tu habitación.
En estas
tierras sin dueño
naciste tú. Desde aquí ves los montes, ves el trigo
que ardió. Quisieras
pensar que éste
no fue nunca tu pueblo.
Árboles, sendas, atajos, hoces
y caminos. Sabes que nada
se celebra hoy aquí. Pero tu llegas siempre
para estas fechas. Y saludas a todos; los besas casi
con la mirada.
............................
..............................
Pero bien sé que tú nunca
te irás. Este
es tu pueblo.
Esta es tu casa. “Mira
la claridad del campo.” Y, mientras te despides, lloras
cerca del autobús. ¿Cómo
ibas a irte, tú que no sabes
que lo que salva a veces
es el odio?

Sí, Diego: ese es tu pueblo, del que bien sabías entonces, cuando sólo tenías 25 años y escribiste este poema, que nunca te irías. Llevo varios días con la lágrima fácil y el corazón esponjado, porque toda la memoria de las cosas, las ideas, las largas conversaciones que mantuvimos durante más de treinta años (recuerdo las tortillas de patatas que Társila inventaba en la pequeña casa de la Avenida de San Luis como cierre de aquellas veladas interminables de principios de los setenta, con tanto miedo sobre los hombros y tantas esperanzas en la cabeza), se dice pronto, se precipita sobre mí y me abruma y me envuelve a la vez. Estos días hemos recordado momentos que creíamos que nunca volverían a ocuparse de nosotros. Muchos de los ausentes de esta hora (y de los artífices del silencio en periódicos, radios y televisiones) desconocen que en el tiempo del silencio y de las botas, tú tuviste el coraje (tú, que a veces eras tan miedoso) de inaugurar la biblioteca de una cooperativa agrícola en Villarta, y fuiste citado en Madrid, en el cuartel de la guardia civil de Hortaleza, por aquel "delito" y me llamaste (a mí, casi un imberbe lleno de entusiasmos y utopías) para que te acompañara porque querías testigos de la posible detención y, ¿por qué no decirlo?, porque temías algún tipo de represalia o de violencia física.
He recordado, también, aquella foto en primera página del viejo Informaciones, junto a Alfonso Grosso, los dos tumbados sobre una manta de cuadros, en huelga de hambre porque os habían despedido de la Editora Nacional por rojos (¿cuántas veces no lo habremos evocado, sobre todo en los días en que no pocos voceros progres de hoy te cerraban las puertas, te condenaban al paro?): por editar a Félix, a Celso Emilio Ferreiro (su hermoso Donde el mundo se llama Celanova), a De Ory entre otros, por firmar manifiestos por la democracia, por creer, sobre todo, como diría Blas de Otero, en el hombre.
Sí, Diego, cuando entraba, anteayer, en tu (nuestro) querido Priego, también venía a mi memoria aquel viaje de 1975, Franco vivito y coleando todavía, en que fuimos a encargar piezas de cerámica (de esa alfarería que respira en tus poemas) para recaudar fondos, con su venta, en las fiestas del movimiento ciudadano de nuestro barrio: recuerdo, cómo no, mi descubrimiento de los parajes donde tus poemas habían crecido, los ríos que los hacían frescos y transparentes, los bosques que entonces estabas ya convirtiendo en espacios para un sueño, el piezas de un bajorrelieve, en parte de tu fiesta en la oscuridad y de tu itinerario para náufragos. Paseos por la Avenida de San Luis, partidas de ajedrez interminables, visitas a un Café Gijón que, para mí, en aquel entonces, era el lugar de los mitos vivientes (recuerdo que allí me presentaste a Pepe Esteban, el eterno republicano, o al bueno de Eladio, o a Carlos Álvarez, por aquel entonces, entrando y saliendo un día sí y otro también en las cárceles de la dictadura). Luego fue tu casa en Gil de Palacio, cerca de la Avenida Ciudad de Barcelona, y Pepe Hierro y tu pasión por la vocación ciclista de tu hijo Diego, que ganó carreras y trofeos emulando a tu querido Luis Ocaña, hijo, como tú, de Priego. Y fueron las manifestaciones: muchas, innumerables, nos perdíamos de vista un tiempo, pero Esperanza y yo teníamos la seguridad de que nos encontraríamos contigo en la próxima manifestación contra el paro, o por la vivienda, o contra el terrorismo o en el no a la guerra (tú siempre te quedabas entre la gente, huyendo de ese odioso estrellato de algunos llamados intelectuales por amarrarse a la pancarta para salir en la foto).
Después vino la Semana Poética de Cuenca, que tú impulsaste con la Universidad Menéndez Pelayo y la de Castilla la Mancha y que celebrábamos en su sede allá en la altura, mirando desde las ventanas de las salas de reuniones a otra hoz: la del Júcar, tan cantada por ti. Y allí nos encontramos los más nuevos con los más experimentados y maduros: el Luis Rosales último, Caballero Bonald, Claudio Rodríguez, Pepe, Antonio Carvajal, Antonio Gamoneda, Carlos Sahagún, pero también Jambrina, y Juanjo Lanz, y Antonio Colinas, y Luis Antonio de Villena, y Antonio Hernández, y Jesús Hilario, y Luis Alberto de Cuenca, y Luis García Montero, y Felipe Benítez Reyes, y Juan Carlos Mestre, y Concha García, y Luis Javier Moreno y Jordi Virallonga.... Fuiste tú el autor de ese lema que yo he utilizado tantas veces para calificar la poesía española contemporánea: "La ceremonia de la diversidad". Así titulaste la III Semana, la de 1993. Fuiste generoso porque no creías en las tendencias ni en las capillas y nos llevaste a todos. Luego seguiste siendo generoso (es una enfermedad incurable, aunque menos devastadora que la que te arrancó de nosotros) y promoviste la revista Diálogo de la Lengua, y la antología de jóvenes Pasar la página...
Recuerdo, también, la exposición de Alexandra Domínguez, en el otoño de 1999, en Riaza. Ún día de amistad, caminatas, almuerzo colectivo y, como casi siempre, conversación y risas. He rescatado la foto. A nuestra espalda, los inmensos bosques de robles teñidos por el ocre y el amarillo de principios de noviembre, de la sierra de la Tejera Negra. Detras de la cámara que sostienen Lupe o Esperanza, ya ni lo recuerdo, las estribaciones de la sierra del Rincón.
En Riaza. De izquierda a derecha: M. Rico, Juan Vicente Piqueras, Paca Aguirre, Diego Jesús Jiménez y Juan Carlos Mestre
Y más tarde, en el Centro Cultural en que te dimos el último adiós, en tu amado Priego, en colaboración con las universidades, pusiste en pie los cursos de verano sobre poesía contemporánea. Los primeros días de julio, el pueblo que surge "donde termina la Alta Alcarria", se ha venido convirtiendo en "lugar de la palabra". Y muchos de los que estuvimos en la Semana conquense volvimos a acompañarte bajo el calor de sucesivos julios generosos. ¡Cómo olvidar aquella mesa de 2003 en el hostal Los Rosales de Priego donde compartiamos la comida un Manolo Vázquez Montalbán recién llegado de Barcelona, un Martínez Sarrión estridente y sarcástico, el descreído Carlos Sahagún, y Paco Brines, y Carme Riera, y Félix Grande y Antonio Carvajal. Nos quedamos con las ganas de que Serrat nos acompañara en el curso dedicado a los vínculos entre poesía y canción de autor (estuvo a punto, no te creas, pero al final, como buen cultivador de sus amistades del barrio de la infancia, nos dijo que estaba, en las fechas del curso, comprometido con ellos), pero tuvimos a tu buen amigo Luis Eduardo Aute, y a Amancio Prada...
Todo ese universo, construido con tu palabra y con la presencia tuya y de los tuyos (Társila, Társila María, José Manuel, Dieguito) es nuestra vida, Diego. A veces, paso por la Avenida de San Luis y miro hacia la ventana de lo que fue tu casa. No sé quien vive allí, pero sí estoy seguro de que en sus paredes está la huella de nuestras voces jóvenes, de quienes antes de la libertad soñamos con la libertad, y con la poesía, y con la literatura en su sentido más ancho y hondo. de quienes más de una vez hemos intentado, como los niños de tu hermoso poema "Plaza de Santa Ana", desatarnos del tiempo:

"Cruzan entre la lejanía de sus voces
los niños con sus juegos, fugazmente, la plaza; y corren
alejando sus sombras como si hubieran conseguido
desatarse del tiempo."

Tú, con tus poemas, con tu discreta labor (discreta, sí, a pesar de contar con los premios de poesía más importantes de este país), te has desatado del tiempo. Cada vez que te leemos, nos ayudas a desatarnos del tiempo.



Los textos recogidos proceden de AQUÍ
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