martes

La voz y el tiempo

La voz y el tiempo
Antología poética 1983 - 2013
José Iglesias Benitez

 José Iglesias Benítez
En 1984 un poeta que aún no había cumplido los treinta años escribía estos versos: El verbo volar es infinito:/se extiende un ala/y se subleva el mundo./Detrás quedan las lluvias./Sólo lo etéreo vuela. Veintitrés años después, ese mismo poeta escribe: El hombre, apenas hombre, piedra sólo,/se pierde en las arterias minerales/de la ciudad nocturna.
        Poeta de raza, a quien el paso del tiempo no ha logrado privar de la sumisión al enigma de la poesía, la palabra viva y convulsa que vuelve habitables los ensueños, este poeta, digo, se llama José Iglesias Benítez y comparece hoy ante nosotros. La misma llama enciende los dos textos que acabo de mencionar, la misma limpidez verbal, la misma pulsión. Pero, mientras el primero transita, ingrávido, por lo intemporal y nos seduce en la celebración del vuelo, el segundo evoca las alas del ángel caído y se extravía por el corazón de la noche y sus inextricables laberintos. En el primero, el poeta se nos muestra inmerso en los territorios del amor, mientras que en el segundo se deja notar el precio que ha ido cobrándose la vida. Y, sin embargo, el hombre es el mismo; hijo allí de sus sueños, causa y efecto aquí del tiempo que nos modela.
        Sabes bien, viejo amigo, lo poco que aprecio las palabras de ocasión, casi siempre vacuas, imprecisas e insinceras, los elogios sin causa, las convenciones tan usuales en este tipo de actos. Por eso entenderás que lo que voy a decir lo digo de corazón: es un placer y un privilegio presentar hoy y glosar esta Antología de tu larga andadura poética de más de 30 años. Y aplaudo la afortunada iniciativa del grupo editorial Sial-Pigmalión y de su presidente Basilio Rodríguez Cañada decidiendo su publicación.
       No sólo me honra el autor concediéndome prologar su Antología sino además permitiendo que la presente en este acto. La verdad es que algo ha llovido desde nuestro primer encuentro. Nos conocimos tras una velada literaria en el Hogar Extremeño de Madrid en el otoño de 1988. Se presentaba su segundo poemario, EN ESTA LENTA SOLEDAD DEL DÍA. No era yo muy amigo de veladas poéticas (y en realidad sigo sin serlo porque he entendido siempre el menester de la poesía como un espacio íntimo de reflexión y sometimiento a la inminencia, asombro y autoflagelación muy difícilmente compartible y mucho menos franqueable al impudor de un público heterogéneo y muy probablemente sujeto a gustos y afinidades literarias muy distantes de las mías). Ignoro cómo fue que aparecí casualmente por aquel foro, seguramente sin el menor entusiasmo o porque no tendría nada mejor que hacer aquella tarde. Pero el azar, que juega siempre con ventaja, me puso frente a un poeta. Al terminar el acto, en vez de buscar discretamente la salida para acogerme al abrigo de la noche, como casi siempre solía hacer, me acerqué a saludarle. Intercambiamos dirección y teléfono y quedamos en volvernos a ver. Este tipo de encuentros suele terminar aquí. En nuestro caso sin  embargo fue el inicio de una fraternal amistad y de una comunión poética de largo recorrido de la que ambos hemos resultado enriquecidos en nuestra aventura literaria. Y en ella seguimos.
      Bueno. He aquí, recién aparecida, una extensa antología de la poesía que ha publicado hasta la fecha José Iglesias Benítez, acrecida con algunos de sus poemas inéditos en libro. Cinco poemarios de diversa factura en busca de la luz que les es negada a los ojos, de la música que los oídos no alcanzan, de la poesía en suma. Aconsejo al lector que navegue por los textos sin condiciones previas, sin prejuicios, como si leyera poesía por primera vez. Sé que es mucho pedir pero creo que es legítimo concederle al autor esa ventaja. A fin de cuentas, el lector dispone siempre de la última palabra: abandonar la lectura si ve frustradas sus expectativas. Y sinceramente: no creo que tal cosa suceda en este caso.
    Desde su primer libro, CUANDO EL AMOR ME LLAMA, de 1984, hasta el último, REVELACIONES, datado en 2007, el verbo del poeta nos va mostrando la cadencia de sus primeras lecturas, los ecos que van dejando paso a la propia voz, la evolución y el enriquecimiento de lenguaje y expresividad.
        En el prólogo al primero de los libros, CUANDO EL AMOR ME LLAMA, Alejandro García Galán nos da cuenta de las andanzas de aquel José Iglesias de los setenta y primeros ochenta, su llegada a Madrid, su incorporación a las tertulias del Hogar Extremeño de la Gran Vía, las singladuras previas del poeta por los pueblos de la Baja Extremadura, recitando junto a Manuel Pacheco y José María Lorite, entre otros, el servicio militar en Madrid donde conocerá a su esposa, Marián, extremeña como él, su boda en 1981… Este primer poemario es todo él una declaración de amor. Con influencias evidentes de sus poetas más frecuentados y queridos (cosa lógica en un primer libro), el poeta va sin embargo soltándose de las alas con que aprendió a volar: Crucifico mi vida sobre la sangre abierta/y escondo entre mis manos nenúfares de sombra... o Tú eres mujer de siempre, yo sólo soy un hombre/que avanza por el mundo cogido de tu mano. La voz se hace más personal, lógicamente, cuando abandona las formas clásicas rimadas donde los ecos son difícilmente evitables. Hay un poema excelente: El verbo volar es infinito:/se extiende un ala/y se subleva al mundo... con un apenas leitmotif: Sólo lo bello asciende... que es ya toda una declaración de predilección estética. Y muchos sonetos, forma que nuestro poeta domina desde sus inicios y en la que se siente muy cómodo. Destacaría en este libro el que comienza: Que tú eras, más allá de aquel instante/la vida que borró su propio peso.
        Cuatro años después, en 1988, aparece su segundo libro, EN ESTA LENTA SOLEDAD DEL DÍA, con prólogo de Manuel Pecellín. El poeta ha dejado vagar sus ojos por más amplios horizontes. En el poema-pórtico, que comparte título con el poemario, utiliza una entonación psálmica que dota de una cadenciosa lentitud la elaboración conceptual. Y no es el único; de esa misma entonación participa el excelente poema ADOLESCENCIA, significativamente subdividido. En él, un tenue surrealismo incendia la verbalización: Muchachas como adelfas incendiaban la tarde/con risas niqueladas entre las cañas verdes. Y sonetos, sobre todo sonetos, forma ineludible en la que el poeta se siente dominador. Y con razón. Y otra vez el amor, permanente en su poesía: Sobre la oscura pulpa del silencio/la noche se agiganta como una fruta abierta.
        Tras este poemario, el poeta se toma 10 años sabáticos sin publicar, hasta 1998, fecha en que aparece su tercer libro: CLAMOR DE LA MEMORIA. El título es absolutamente objetivo: se trata en efecto de lo pasado irrepetible, la infancia y adolescencia perdidas y no tanto de ellas como del paisaje en que hubieron vida. El poeta decide pagar el óbolo debido a sus raíces y deja aquí un recuento reconocible de voces, nostalgias y homenajes bajo el denominador común de su Extremadura. Ha depurado notablemente su expresión poética, ha madurado. Quiero destacar el poema FLAMENCO, geminado en dos sonetos espléndidos (el segundo, magnífico, uno de los mejores que haya compuesto José Iglesias, lo que ya es mucho decir). Los serventesios endecasílabos del poema AUSENCIA, con sus anáforas evocadoras, sus nobles e ingenuos calificativos, la exquisita enumeración de las heridas por donde se desangra la nostalgia. Una elegía a la muerte de su padre, titulada EL PADRE VIEJO, donde se evoca la figura paterna súbitamente fuera del retablo de máscaras perdidas en el tiempo. El padre, que no es sino el hijo del niño que fue. El padre, oriente y ocaso, muerte como falsa metáfora de la vida, en un poema-llave pleno de sencilla nostalgia y lírica orfandad. A remarcar asimismo el titulado CLAMOR DE LA MEMORIA, donde el poeta se rinde con armas y bagajes a la melancolía con ajustadísima expresión (de cada loma derramada en vides,/de cada valle que acuchilla un río.) y contrapone impúdica, ingrata e injustamente la ciudad (lo urbano,  donde verdaderamente ha crecido como hombre y como poeta) al decorado (porque ya sólo es eso) de su infancia perdida, su Extremadura, que no es tal sino el fantasma que de ella ha creado un melancólico que no halla la paz consigo.
        CLAMOR DE LA MEMORIA se distancia ya notablemente de los dos libros que le preceden y significa a mi juicio el punto de inflexión del poeta, cuya escritura será, a partir de aquí, exigencia expresiva, rigor conceptual y compromiso estético. Se acabaron los homenajes y la voz a ti debida. El hijo ha decidido emanciparse y abandona la casa paterna. En su poesía posterior, la servidumbre que implica toda nostalgia (Extremadura y su propia infancia poblada de rostros desvanecidos) será verbalizada de modo mucho más eficaz a través de leves iluminaciones y veladas sugerencias dirigidas a un lector de más refinada sensibilidad.
        Siete años después, en 2005, aparece RITUAL DE LA INOCENCIA, su cuarto poemario. Ha llovido lo suyo desde aquellos primeros poemas donde la celebración de lo cotidiano y el deslumbramiento de su Extremadura natal, resucitada y enriquecida por la ausencia, constituían la brisa que llevaba y traía la palabra del poeta. Ha vivido y se ha implicado. Ha soltado lastre y ha comprendido que el artista no se debe sino a mismo, que sólo consigo tiene compromiso, que no queda por recorrer otro camino sino el que conduce a la perfección, esa utopía.
        Fruto de la odisea particular del poeta, este RITUAL DE LA INOCENCIA es lo que su nombre indica. De una lectura apresurada deduciríamos que el amor, el amor carnal, transcurre de norte a sur el libro. Pero no; en esta ceremonia no hay amor, sino la elocuencia que dejan sus cenizas. A diferencia del hombre, el amor nunca regresa; cuando se va es para siempre. Valga como ejemplo el poema Desnúdate de hastío: con una verbalización plena de color y ternura invoca e invita el poeta a la amada y la convoca, sabedor de que no acudirá, como no volverán la Galatea de Salicio ni la Elisa de Nemoroso, pese a la encendida evocación de sus amadores.
       De este ritual de la inocencia es sujeto el hombre, es decir, Ulises, el que viene, no el que va. Hay un poema liminar, Introito, y otro que cierra la puerta al salir, Consummatum est. En medio, tres estancias que el poeta quiere llamar ánforas, tres ánforas de luz, no se olvide.
      Desde que diera a la imprenta CLAMOR DE LA MEMORIA, el poeta se ha concedido siete años de silencio hasta reaparecer con este nuevo poemario con el que nos invita a participar de una liturgia inesperada. No hay oficiante y el sujeto es el hombre. Tanta espera no ha sido en vano. El poeta se somete aquí a una iluminación existencial (por esencial) y tiñe su verbo de un humanismo transcendente. Lo hombre es el hombre-mujer, pues en un mismo cuerpo de ambos participamos. Así de expresamente lo ha escrito el poeta: desde la antífona que abre la liturgia (Introito) hasta el final (Consummatum est). El sujeto es el hombre (así, en su total sentido asexual y con el valor de síntesis que el idioma concede a la palabra). Sujeto, sí, pero más aún objeto y razón sacrificial, víctima y verdugo de propio. Entra en el templo, rasga la penumbra/con la daga que empuña el niño que le asoma/detrás de las pupilas dice el poema liminar.
        Todo el poemario respira por la herida del amor y su dialéctica recurrente, motivo por lo demás permanente en la poesía de José Iglesias Benítez. Intimismo es el aire en que aletea la palabra de este poeta, su lirismo procede de la transparencia de su verbo y su universo expresivo no conoce otros límites que los de la claridad en cuyo eje gira mansamente. Suele conversar, utilizando la segunda persona para dirigirse a la pura abstracción del amor, como si no quisiera contaminar de los estragos de su finitud a la persona amada. De este modo, siguiendo el hilo de tan sutil dialéctica, el objeto de amoricono permanente de toda literaturaacaba siendo ese otro-yo-mas-no-yo, tal vez el propio poeta que la redacta y dice, atado a su infinito monólogo, esa sopa de palabras que devoramos mientras vivimos y que, en el poeta, no es sino la sublimación del instinto de conservación.
        RITUAL DE LA INOCENCIA ratifica el punto de madurez de José Iglesias Benítez. La niña/extremadura que enseñoreó toda su poesía precedente, el Dios polifacético que fue masa del discurso del hombre, a partir de este poemario alientan sólo en alguna lejana y sutil referencia, multiplicando su valor evocativo. Panteísta, dueño de su voz y de la música de su voz, José Iglesias Benítez emerge, aparentemente ileso, de largos años de rigor y autoexigencia que han fructificado en una versificación equilibrada y natural, meta imposible para muchos poetas.
        Sólo dos años después, en 2007, José Iglesias Benítez entrega a la luz pública su quinto y por ahora último libro: REVELACIONES, que clausura, de momento, su espléndido curriculum de creación poética
        REVELACIONES es la crónica de alguien que regresa de un largo viaje interior para desvelarnos las fantasmagorías que han herido su mirada en la ciudad madre o madrastra de la nunca salió. Extremadura se llama ahora Madrid, ciudad/alma presente en todo este poemario del desamor, aunque no se la nombra. Es un poemario urbano enteramente traspasado de amor. Tres mensajeros, tres ángeles de la noche prologan con una revelación cada una de las tres geografías en que se divide la obra. Y un último heraldo de ojos profundos como lagos de níquel cancela el libro con una revelación final que es  una apología hímnica de los benditos perdedores y, sustantivamente, una exaltación de los ángeles urbanos cuya patria es la noche.
                   El latido verbal de José Iglesias adquiere en este poemario un rigor hacia el que no ha dejado de volar desde su primer libro. En la formidable parábola que constituye el poema Justiniano, en presencia de Procopio, evoca a Teodora en un club de carretera hay una arquitectura estrófica que reparte los tiempos en un equilibrio mágico. El fragmento que atañe al barman en este poema es, a mi juicio, de lo mejor que ha escrito José Iglesias. He tomado como ejemplo este espléndido poema pero el libro entero rezuma parecida intensidad (léase, por ejemplo, café-jazz, extraordinario y demoledor, o Hasna donde parece haber escudriñado y milimetrado el grado de compasión de cada palabra antes de utilizarla).
                 Los ángeles urbanos han sido largamente verbalizados y sin duda lo seguirán siendo en el futuro. Son muy materia poética. La ciudad es el paraíso laico donde hallan asilo los ángeles caídos tras haber apostatado del fraude de las estaciones y escupido la impostura de las tradiciones sagradas. José Iglesias Benítez, que llegó a Madrid un ya lejano día desde la alta luz de Tierra de Barros, lo sabe bien porque él mismo es uno de esos ángeles.
No hay en la poesía de José Iglesias Benítez ―¡loados sean los dioses!recursos crípticos ni sometimiento a poéticas previas. Hay en no pocos de nuestros poetas una servidumbre irracional a la escolástica de los tiempos―todo tiempo tiene su escolástica―, brevedades dogmáticas y esoterismo de iniciados, horas a destajo de nocturnidad y laboratorio, piélagos laberínticos por donde navegan en vano tantos y tantos  talentos menores. ¿Densidad poética de lo oscuro, lo críptico, lo ambiguo? Sí, pero precisamente ahí es donde la claridad resulta del todo  imprescindible, alguien debería decírselo a tanto náufrago vocacional.
        Cualquiera que sea la masa de que esté hecho, al poeta, para reconocerle como tal, sólo le pedimos una cosa: que, al escucharle o al leerle, se establezca entre su palabra y nuestro atento silencio una vía directa de comunicación; o de incomunicación, si tal resulta de la introspección generada por el flujo entre poeta y lector (pues en tal caso la incomunicación sería efectivamente comunicación, pese a su nominal negatividad).
¿Y si la poesía resultara ser la almendra de ese vértice emocional que alguna vez acontece y que no parece necesitar de glosa o explicación y menos por parte de quien lo sufre y goza? Ese estertor, común a todas las artes, que nubla la razón y turba los sentidos, ajeno casi siempre a nuestra voluntad, que se resuelve a menudo en un sollozo imposible de reprimir: lo que llamamos emoción estética. ¡Y hay quienes, investidos de artistas por su propia mano, reniegan y maldicen de ese corolario del arte! Pues bien, ése es el resultado del verdadero arte. Y me atrevo a decir más: cualquier arte o poesía que no nos haga resultar desnudos y vulnerables es irrelevante. Lo sublime del arte es su capacidad de irnos adiestrando para la muerte, su luz ha de matarnos una y otra y otra vez, no cebar nuestra vida. Arte y vida son agua y aceite. La vida no tiene ninguna necesidad del arte para su transcurrir.
Cuando la materialidad se desvanece, cuando cerebro y sensibilidad se convierten en el único asidero de nuestra vulnerabilidad, cuando soledad y silencio comparten ámbito, ¿qué es, qué resulta ser la llama de la estética, de la poesía?
Poesía es el filo de la espada, poesía es el irreprimible deseo de nuestra carne de ir al encuentro de ese filo aguzado despreciando la certeza del dolor que aguarda, poesía es la misma herida resultante que jamás desearíamos ver cicatrizada, poesía es la sangre de esa herida, poesía es la autodestrucción a la que de buen grado nos sometemos algunos para sacudirnos el insoportable peso del fantasma de la divinidad.
Seguirás, amigo, la senda que te has propuesto recorrer, seguramente porque naciste para eso. Sé que volverás a nosotros no tardando mucho con tu palabra  y tus enigmas. Y nos iluminarás, como has venido haciendo desde hace tiempo, porque es lo único que sabe y puede y debe hacer el que porta la luz (en latín Lucifer, el mejor de los ángeles, el más cercano a lo absoluto, el más sobresaliente, el más castigado, el más celeste, el más humano, el más reconocible). ¿Ángel o demonio? Solamente poeta, que de ambos se compone y que quiere decir hacedor, creador, menester erróneamente atribuido a los dioses.
Tuya es la palabra.

Pablo Jiménez
Madrid, marzo 2014


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Uno de sus poemas:

AUSENCIA
Esta pena que traigo en el costado,
que me siembra en el alma la amargura,
es el viejo dolor de un desterrado
que llora sin cesar su desventura.

Duele tanto la ausencia de mi tierra,
de sus plazas, sus calles, sus trigales…
Hoy el viento me trajo de la sierra
aromas tan del sur, primaverales.

Y recordé los campos del secano
llovidos por la luz, resplandecientes.
Y el fuego desangrado del verano.
Y el olor candeal del pan caliente.

Y recordé los montes, a lo lejos,
sus graves y azuladas serranías.
Y recordé la plaza de los viejos
desgranando en el sol melancolías.

Vi el castillo y la torre y las cigüeñas.
Y el lento caminar de un jornalero
que vuelve del trabajo. Y las pequeñas
golondrinas azules del alero.

Y los niños corriendo de la escuela.
Y madre restregando la cocina.
Y una vieja que llora y se consuela
en la voz fraternal de la vecina.

Y aquel burro tirando del arado
sobre la mano abierta de la tierra.
Y un galgo que dormita recostado
al frescor de un zaguán que nadie cierra.

Y recordé la mano del amigo
tendida y generosa en el abrazo.
Y la voz temblorosa de un mendigo
que guarda la limosna en su regazo.

Y recordé las noches invernales
al calor de la lumbre o del brasero.
Y los cálidos besos maternales
que ahuyentaban los monstruos del perchero.

Y recordé los prados. Y las fuentes.
Y el tibio despertar de la mañana.
Y le hablé de mi tierra y de mis gentes
al viento que hoy pasó por mi ventana.

Le dije de la pena en mi costado
que me siembra en el alma la amargura,
que es el viejo dolor de un desterrado
que siente que le falta Extremadura.



  
CLAMOR DE LA MEMORIA
                                   
                                     Los pinos y las fuentes te llamaban,
                                      las yerbas y las flores de este prado.
                                        (Bucólicas, Égloga I: Virgilio)

Duele dentro la tierra. Duele dentro
este jirón de ausencia, esta distancia,
este latir de vida en el vacío.

Como un vientre de madre que hoy se mira
deshabitado y solo, acostumbrado
a ser regazo fértil, transitable,
siento el hondo reclamo de los surcos
de los trigales y los montes breves,
de cada loma derramada en vides,
de cada valle que acuchilla un río.

Tanto añorar la tierra, pecho arriba,
desazona la carne por los bordes
donde el alma comienza a ser de carne.

¿Cómo buscar, y dónde, entre el asfalto
aquel viejo empedrado de mi infancia?

¿Qué fuente evocará el arroyo niño
que jugaba lamiendo el membrillero
tan cargado de pomas en otoño?
¿En qué jardín domado y obediente
veré el cañaveral ardiendo en risas
que me amasó el amor de verde y agua?

¿Dónde encontrar la luz ceñida al muro
que supo detener adobe y tiempo?
¿Dónde encontrar ahora el tiempo huido?
¿Dónde encontrar mi tierra y mi ventura?
Amanezco perdido. Me desangro
de cristal a cristal, de esquina a esquina,
en este laberinto. Duele dentro
esta herida frontera con la muerte,
este añorar el tiempo o las raíces.

Inhóspitas las calles y las luces.
Inhóspito el ruido y el silencio
sin música posible de campanas.
Inhóspitas las sombras y los charcos.
Inhóspito el paraguas que cobija
un alma que se aferra a su esqueleto
por no perder su sangre o su memoria.

Amanezco perdido. Bajo el plomo
del cielo, un llanto sucio lloviznea
manchando la ciudad de siglo a siglo.

No tiene esta ciudad historia viva.
Son legajos temblando bajo el polvo
sus únicos recuerdos. Camposanto
de libros y papeles que dejaron
un rumor de cenizas de otras épocas.
No tiene esta ciudad historia viva.
La historia es un clamor de piedra y sangre.
La historia es este grito, entraña adentro,
reventando en los pulsos, reclamando
desde la hondura de la tierra virgen
un corazón de hombre que la sueñe.
La historia es esta voz que me desgarra.
La historia es siempre negación de olvido.

Duele dentro la tierra. Extremadura
levanta la conciencia y la sacude.
Y estalla su aldabón en la osamenta.
Telúrico el latido y la llamada.
Ancestral el reclamo de la sangre.

Espeso y agobiante, el horizonte
recorta una ciudad de arista y ángulo.
El ojo acostumbraba su luciérnaga
a un perfil sin fractura ni rencores,
a un perfil, dilatado al infinito,
de trigales, viñedos, tierramadre
donde el alma acostaba su ternura.

No hay sitio en la ciudad para el reposo.
No hay cerezas ni almendras ni dulzores
moscateles que alivien el camino.
No hay praderas de flores desvalidas
ni encinares de ronca arquitectura.
Ni vuelos infantiles de vencejos
en mudos alborotos. Ni olivares
de greñas azuladas, y nostálgicos,
que guarden por los siglos la paciencia.
No hay sitio en la ciudad para el reposo.

En la tierra perdida de mi infancia
las cigüeñas coronan campanarios
de torres y espadañas que midieron
un tiempo, si feliz, tan fugitivo…

Amanezco perdido. Duele dentro,
con este palpitar en carne viva,
el corazón de un alma, condenada
a vivir sin su tierra y preguntando
quién se llevó aquel tiempo que era suyo.


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Nota: Hemos incorporado este libro a nuestra biblioteca. Una antología poética de nuestro gran amigo Pepe Iglesias, del que he tenido el honor de ser el diseñador y maquetador.

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